Por
la acera de la Alameda de los descalzos iba Chupito, era un zambito de diez
años con dos ojazos, largas pestañas y una jeta burlona. Chupitos le decían así
desde que lo encontraron sus amigos en la botica San Lázaro pidiendo cura para
sus chupitos. Ahora iba con Feliciano Mayta, Glicerio Carmona, el Bizco
Nicasio. Faustino Zapata, niños mataperros que vendían rifas o pregonaban
diarios de crímenes muy leídos.
Cerraba
la fila el famoso Ricardo, que cada vez que entraba al cafetín japonés salía
con dulces para todos, hasta que un día le costó una noche integra en la
comisaría.

Le
costo veinte centavos, era de madera de naranjo y estaba acicalado, como lo
hacía su papá con sus gallos de pelea. Había sido su orgullo. ¡Cuantas veces,
con toda su fuerza infantil, partió en dos a muchos otros! El reía a medias,
sin la burla que humillado al rival. Y ahora le tocaba perder con Carmona. Se
chantó y le ordenaron: ¡Cocina! “No juego eso, mejor a los quiñes” - protestó
Chupitos sin suerte. Arrojó su trompo, esperando hicieran con el lo que les
diera la gana. Pero Glicerio se llevó su trompo como trofeo de guerra.
La
tarde del desquite dispararon Mayta, Ricardo, Faustino y Carmona falló. Su
trompo se chantaba ignominiosamente y los otros lo quiñaban sin piedad: Mayta
le sacó una lonja, Faustino lo quiñó y Chupitos para poner fin a esa vergüenza
disparó con toda su alma. “¡Lo rajaste!” Gritaron y dejándolo todo, metió la
mano en los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando: “Ya lo sabía”. Y
se fue triste e inultamente vencedor.
Autor:
José Diez Canseco